domingo, 19 de enero de 2014

Capítulo 4







Dos meses habían pasado ya desde aquel primer día de septiembre en que fue dejada en las puertas del colegio, cual huérfana arropada con telas blancas y abandonada en una cesta de mimbre. Nada hacía presagiar entonces que haría, pocos días después, buenas migas con un terremoto pelirrojo venido de la vecina Belfast, llamada Gertrud.

- Síganme, niñas. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once y doce. Perfecto. Por lo menos empezamos bien el día y no se me ha perdido ninguna, con todo el trasiego del primer día. Con todas las niñas del resto de cursos correteando por aquí es muy fácil que se me extravíen. Yo soy la hermana Addison y las voy a llevar hasta la que será su habitación para todo el curso. La de todas ustedes, sí señor. Pero, no me pongan esas caras, señoritas.

Algunas de las niñas comenzaron a ejecutar extraños pucheros, reminiscencias de cuando eran bebés, al escuchar que, un año más, deberían de compartir su habitación con un gran número de niñas de su misma edad.

- El presupuesto y, sobre todo, el espacio, no nos da para más habitaciones. Pero, tengan paciencia que todo llega. Además, yo recuerdo que en esas habitaciones comunes es donde forjé las amistades que me han acompañado durante toda mi vida. Así que, síganme, como les decía, que ya se nos está haciendo un poco tarde, ¿no creen? Ay, ¡qué emocionante es siempre el primer día, no me lo podrán negar! -no hubo reacción alguna ante las palabras excitadas de sor Addison, que se tuvo que poner la mano derecha en la boca, para dejar de hablar. Las niñas, simplemente, permanecían calladas, aburridas y sin dejar de exhalar aire en forma de sonoros bostezos.-

Comenzaron a andar como si de una familia de patos se tratara. La bajita monja caminaba a la cabeza de una gran cola de a uno, formada por las alumnas, que la seguían con denotado cansancio, llevando el mismo paso y con sus pesados baúles a cuestas.

- Muy bien, pues aquí está. ¿De veras que no están emocionadas? -las niñas seguían sin decir palabra e indiferentes ante aquel altísimo par de puertas, que era el umbral de la habitación común-. Está bien, está bien, ya abro las puertas. Estas niñas de hoy en día que sosas son. Yo, cuando tenía su edad...

- Sí, hermana, sí, se emocionaba todo el día hasta que le dolía los poros de la piel de tener que soportar sus pelos erizados. ¿Quiere abrir ya de una vez, por favor, que estamos muy cansadas? -le recriminó, con impertinencia, Edubina-.

La pobre monja se puso tan nerviosa, que el manojo de llaves se le resbaló de las manos. Cuando abrió las puertas, las niñas rompieron la fila y entraron en tropel a escoger las que iban a ser sus camas durante todo el curso, antes de que cualquier otra pudiera arrebatárselas. Anna fue la única que se quedó paralizada junto al marco de la puerta. Su boca y ojos abiertos dejaban claro que era la más desubicada de todas sus compañeras. Esperaría a que terminaran tranquilizándose para elegir su cama.

- Pero, ¿se puede saber qué haces ahí parada como una atolondrada? ¡Vamos, ven! Ya he cogido camas para las dos. Una junto a la otra. No sé por qué, pero estoy segura de que vamos a ser excelentes amigas -Gertrud, después de ocupar las camas con los números 4 y 5 con sus cosas, fue en busca de la joven Hardy y, cogiéndole del brazo izquierdo, la llevó hasta la cama número 5-. Mira, si te parece bien, ésta será la tuya. Dime, ¿qué piensas? Hija mía, asiente, por lo menos, con la cabeza -Anna, sin decir palabra, asintió, aceptando la propuesta de su recién amiga Gertrud-.

- Hola, me llamo Gertrud McEvoy y soy de Irlanda. ¿Y tú?

- Anna, me llamo Anna Hardy.

- Pues, dame dos besos y un gran abrazo y cambiémonos de ropa, que hemos de ponernos ya el uniforme. ¿Sabes? Vamos a ser muy buenas amigas y vamos a correr grandes aventuras juntas. Lo intuyo, y cuando yo intuyo algo tiemblan los portales de Babilonia. Es lo que me suele decir mi papá. Jajaja

La niña irlandesa era totalmente opuesta a Anna. En todo momento había una parte de su cuerpo que estaba sucio: las manos con tierra, el pelo despeinado, la falda desgarrada, la nariz sangrando. Siempre que era consciente de que no era vigilada por ninguna de las monjas, entraba en la habitación, que compartía junto con Anna y las otras diez niñas, y se ponía pantalones y botas de andar por lodazales. Entonces era cuando ponía sus puños cerrados sobre sus caderas y  una amplia sonrisa le afloraba en su boca.

- Por dios; pero, ¡qué felicidad siento en estos momentos!

- Jajaja, ¡si pareces un chicote malo! -Anna, que la observaba con ojos sorprendidos, le decía siempre entre carcajadas-.

- Y tú otra de las monjas de esta prisión, ¡no te fastidia! -contestó inmediatamente Gertrud. Entonces se echaban al suelo riéndose hasta quedarse sin respiración-.

Fue así, de esa forma tan natural e innata, como ambas forjaron el vínculo que las uniría para siempre.

No había día que no se escaparan por la ventana de las duchas al bosque que rodeaba St. James. Siempre aprovechaban el momento de las oraciones de después de la cena, a las nueve, para llevar a cabo esta hazaña. Era el momento justo en que sor Addison se quedaba absolutamente en coma, tras la segunda ronda de oraciones, y sus ronquidos le impedían darse cuenta de cualquier ausencia en la pequeña capilla.

En aquellas fugaces excursiones disfrutaban de una libertad salvaje, en la que ambas eran las protagonistas de increíbles aventuras. Anna se ocupaba de crear los ambientes y las historias de amor más románticos, que jamás se hubieran podido forjar en la mente de ningún escritor en la historia de la humanidad. Mientras, Gertrud se hacía cargo de las batallas y la defensa de los poblados de los alrededores, que ambas se encargaban de construir con las cosas que iban encontrando por el bosque.

Cuando se les hacía imposible salir al exterior, Gertrud, que había sido interna del St. James desde que tenía consciencia, guiaba a Anna por todos los pasadizos secretos que albergaba el convento. Uno, en especial, se había convertido en su concha protectora y en su punto de referencia para algún que otro desasosiego. A nadie, jamás, le había revelado su rinconcito secreto; hasta que Anna apareció en su vida.

- Aquí es donde más solía venir a solas antes de que tú llegaras. A mí nunca me ha querido ninguna de las estiradas de nuestras compañeras. Me dicen que no entienden cómo tengo la madre que tengo, tan estilizada y exquisita -decía Gertrud, mientras hacía gestos de pedantería con todo su cuerpo-. Pero, a mí siempre me han dado igual todas ellas.

- Aquí no hay nada, Gertrud. Estamos en las cuadras del convento -decía Anna, encogiéndose se hombros-.

- Mira para abajo, tonta. Que tú también eres corta de miras -entonces era cuando Gertrud se agachaba y abría una compuerta que había bajo sus pies. Era difícil de apreciar, porque estaba totalmente cubierta por paja y heno-. Sígueme, anda -y su amiga la seguía incondicionalmente-.

sábado, 18 de enero de 2014

Continuación Capítulo 3



Sentía un poco de miedo de no llegar a congeniar con sus compañeras de colegio, ya que no era muy dada a las relaciones con gente de su misma edad. Toda su vida la había pasado en la residencia familiar rodeada por la servidumbre, cuya media de edad no bajaba de la treintena. Además, al parecer, ya todas las alumnas se conocían entre ellas.

En ese primer día de colegio, al bajar del coche, observó cómo sus futuras compañeras gritaban al ver a sus amigas de años anteriores y se empezaban a contar todas sus vivencias del verano, que estaba a punto de finalizar. Ella era la única que permanecía allí, sola, de pie junto a su padre, su madrastra, el cochero, y un cofre que guardaba todas sus cosas personales. Sin embargo,  toda esta incertidumbre le importaba bien poco, o quedaba relegada a un ínfimo segundo plano. Cuando alzaba su vista hacia aquellas torres medievales del colegio y le hacían adentrarse, casi de inmediato, en el mundo mágico que a ella le hacía sentirse tan fuerte y feliz, todo lo demás le resultaba alentadoramente olvidable.

En cualquier caso, ya estaba más que acostumbrada a estar sola. Era hija única y, desde que su madre falleciera, su padre y su madrastra apenas estaban para llenar el vacío que sentía.

Su padre, Tom Hardy, era un importante hombre de negocios que se pasaba la mayor parte del tiempo de viaje por los países de oriente medio y lejano oriente. Mientras que su madre, la famosa concertista de piano Maria Olofsson, había muerto en un extraño accidente de coche el mismo día de su séptimo cumpleaños.

Su padre, después de una severa depresión, se había vuelto a casar, tan solo un año más tarde, con una importante belleza de la alta sociedad londinense, recién llegada a la ciudad y llamada ahora, adoptando el apellido de casada, Elizabeth Hardy. Tom la vio por primera vez en el mismo escenario del trágico y fatal accidente donde su esposa perdió la vida. Como si de un extraño embrujo se tratara, el padre de Anna cayó perdidamente enamorado de aquella desconocida. El destino, o las malas artes de Elizabeth, habían querido que la boda se celebrara el mismo día en que, un año atrás, había tenido lugar el desgraciado accidente donde su madre murió y Anna cumplía los siete años de edad.

El 6 de diciembre de 2009 Tom Hardy se casaba con Elizabeth y Anna celebraba su octavo cumpleaños.

La nueva señora Hardy no tenía un puesto de trabajo convencional. Se dedicaba a sus colaboraciones "desinteresadas" en actos benéficos, que le hacían ser la presidenta de amas de casa de la alta sociedad inglesa, la directora de la asociación defensora contra los abrigos de pieles -a pesar de que los coleccionaba por cientos en secreto-, y la coordinadora de las cenas anuales para la recolección de fondos para mendigos y enfermos. Aquello no era más que mera fachada. Por todo ello era muy poco, por no decir inexistente, el tiempo que le dedicaba a su hijastra. A Anna tampoco le importaba absolutamente nada, puesto que no sentía ningún afecto por esa mujer, especialmente después de la conversación que escuchó, hacía ya un año, desde el baño que se halla pegado a la habitación de su padre.

Las casualidades de la vida habían hecho que en el baño de su habitación no hubiera agua y que, por ello, la cisterna estuviera bloqueada. Se había visto obligada a usar el baño de la primera planta, desde donde se escuchaban con gran claridad, a través de los respiraderos, las voces de las personas de los dormitorios contiguos. En esta conversación, Elizabeth no cesaba en su intento por persuadir a Tom de un asunto en concreto.

- Es más que necesario que Anna sea internada en un colegio hasta que sea mayor de edad; entonces, tomará posesión de los bienes heredados de su madre y ya podrá independizarse -decía Elizabeth con maldades encubiertas en falsos halagos. La madrastra tenía que conseguir, por todos los medios, que Anna ingresara en el colegio de monjas de St. James-.

Su padre se negaba en una primera instancia a ello, ya que no deseaba separarse de lo único que le recordaba a su mujer fallecida. Pero, su nueva esposa le hizo ver que  no servía de nada dejarla sola en una mansión tan enorme, mientras él viajaba incesantemente y ella no podía reducir sus compromisos sociales para dedicarle más tiempo a su hijastra.

Tom, en lugar de envalentonarse y reprocharle a su segunda esposa la injusta y dura apreciación que acababa de hacer, y que le había dolido en lo más hondo de su corazón, comentó, tras una larga pausa, que lo pensaría y que le daría una respuesta cuando lo encontrara oportuno. Lógicamente, la respuesta había sido afirmativa, ya que Anna ahora se hallaba en el colegio que iba a ser su nueva y perpetua residencia durante los próximos diez años. 


Ron Mueck


Increíble el Hiperrealismo de Ron Mueck

jueves, 16 de enero de 2014

Música: Sir Edward Elgar "Sospiri"

Solo Música


Capítulo 3







Para entonces, Anna ya estaba entreabriendo sus ojos. Se encontraba mucho más tranquila, debido a la familiaridad de las voces que desde "el otro lado" le llegaban con mucha más nitidez. Lo que la terminó por despertar fue uno de los ensordecedores truenos de la fuerte tormenta que estaba cayendo fuera.

Efectivamente, eran las primeras horas de un gélido día de otoño, donde las lluvias de los últimos cinco días darían paso muy pronto a la nieve, que cubriría las colinas de Dumfries & Galloway, durante los siguientes meses. Había olvidado por completo, desde la confusión del sueño, que continuaba en el colegio de monjas, y no en su casa.

A Anna apenas le importaba aquel terrible tiempo, porque su personalidad melancólica se regocijaba siempre con la llegada de los días oscuros y nublados. Casi siempre la podías encontrar sonriendo e imaginando, en su cabeza cubierta por una poblada melena de rizos dorados, otros mundos, criaturas e idiomas, que no fueran los suyos propios. Por eso, finalmente, y por muchas lágrimas, derramadas en silencio y a ocultas, que le costara al principio, estaba encantada de que su padre y su madrastra hubieran decidido llevarla al mejor colegio privado de monjas del Reino Unido, el Saint James. Al no poder hacerles cambiar de opinión, había decidido, al menos, que lo mejor sería aceptar la nueva situación sin reparos, como siempre había hecho.

Estaba claro que su madre biológica la había sometido a un enclaustramiento forzado, aunque apenas se había sentido angustiada por ello, ya que había tenido la infancia más dulce que se podía desear. Sin embargo, con su madrastra era diferente. Con ella en la casa, que su verdadera madre había construido, lo último que quería Anna era permanecer en las habitaciones donde tanto cariño había recibido en el pasado. Eran demasiados sentimientos encontrados en una mente tan joven como la de la niña, como para saber ciertamente lo que deseaba.

Y no podía desear más de lo que tenía frente a ella el primer día que se puso ante las puertas de aquel inmenso edificio de principios del año 1000. Más tarde supo que, en sus inicios, había sido un monasterio para monjes de la Edad Media. Ahora, le resultaba un tanto paradójico, era un colegio privado única y exclusivamente para niñas de la alta aristocracia británica, situado al final de la gran elevación, llamada Merrick, en Dumfries & Galloway, en las Southern Uplands de Escocia.

Desde la ventana que había sobre su cama, en los días de espesa niebla, el antiguo monasterio se veía asediado, a sus pies, por un infinito manto blanco, que, para Anna, venía a representar, dentro de su mente voladiza, un mágico lago cuyas aguas la podrían llevar más lejos aún. En las noches claras las aguas del Loch Enoch, hacia el este, pintaba el iris de los ojos de la pequeña, cuando se escabullía, junto a Gertrud, hacia los escondites más imposibles del colegio.

El primer día de colegio, la primera semana de septiembre de 2010, en Anna se juntaron un cúmulo de batallas encontradas. A la vez que alegría, también sentía una profunda pena al ver que, por primera vez en su vida, se iba a alejar por un largo período de tiempo de su casa. Pero, lo que más iba a echar de menos, sin duda alguna, iban a ser los pasteles de cabello de ángel, coco y almendras, junto con la mermelada de tomate, que la cocinera de casa, Amelie, hacía cada invierno.

Anna solía bajar a la cocina cada jueves por la tarde, cuando su nueva madre viajaba a Londres a hacer  las obligadas visitas sociales. Allí se tomaba, junto con Amelie, esos deliciosos manjares, acompañados por una caliente taza de espeso chocolate, frente a la chimenea del servicio. Solo durante ese día de la semana podía permitirse deslizarse hasta aquella cálida sala de la mansión. Su madrastra le había prohibido, terminantemente, comer cosas que se salieran de la estricta dieta que le obligaba a llevar. Pero, Anna, haciendo caso omiso, nunca faltaba a su cita de los jueves  con Amelie. Nadie, y mucho menos aquella mujer, la iba a apartar de su gran amiga y de la rutina a la que su verdadera madre la había acostumbrado. Los grandes ojos azules de la niña se llenaban de gloria cuando su fina nariz olía aquel cacao de dioses y sus blancos dientes mordían las esponjosas magdalenas, coronadas con perlitas de chocolate. Era demasiado joven como para privarse de aquellos caprichos. Solo entonces sus mejillas volvían a sonrojarse y su cuerpecito se llenaba de un familiar calor, que la hacía inmensamente feliz.